Joseph Blatter, presidente de la Federación Internacional de Fútbol (FIFA), se ha metido en un jardín de difícil salida. Según el suizo, por cargo, máxima autoridad del fútbol mundial, en este deporte «hay mucha esclavitud moderna», y como ejemplo de la misma no dudó en poner el caso del portugués Cristiano Ronaldo, al tiempo que defendía que el jugador fuera «libre» para abandonar el Manchester United e irse a donde quiera, es decir, al Real Madrid, o en el peor de los casos, que el Manchester no pusiera trabas a la libertad del portugués para escoger su destino. Cristiano Ronaldo aprovechó de inmediato el buen centro de Blatter para rematar que sí, que se considera un «esclavo».Blatter, 72 años bien cumplidos, se convierte de golpe y porrazo en adalid de una supuesta «libertad» para los futbolistas cuando el organismo que él preside defendió durante muchos años aquel «derecho de retención» que existía en el fútbol y por el que un jugador podía verse condenado a jugar de por vida en un equipo a cambio de que cada temporada se le subiera la nómina en poco más que el IPC. Blatter de golpe olvida que la FIFA criticó en su momento las normas europeas de movilidad laboral y cómo su organismo peleó contra la llamada «ley Bosman», que acabó con ligaduras y abrió fronteras a los jugadores.
Blatter, diez años ya en el cargo, no tiene rubor ni vergüenza a la hora de considerar un «esclavo moderno» a un tipo como Cristiano Ronaldo, que cobra 120.000 libras semanales del Manchester United (traducido: 180.000 euros a la semana o, si lo prefieren, más de 4 millones diarios de las extintas pesetas por cada día de cada año de su contrato), en lugar de hablar de las malas condiciones de decenas de miles de jugadores que luchan en las categorías menores por cobrar unos sueldos que les prometen y rara vez les pagan.
Esclavos, en todo caso, son hoy en día los clubes de sus estrellas; si bien hay que convenir que los clubes llevan en el pecado la penitencia. El pecado de los clubes es el de fichar sin mesura, el de descomponer las plantillas, el de quitar a jugadores al rival prometiéndoles un paraíso al otro lado del contrato. La penitencia, el tener que aguantar los arrebatos del crack cuando hilvana tres buenos partidos y empieza a lloriquear que no se siente querido, lo que siempre se arregla con una subida de sueldo. Tanto me quieres, tanto me pagas. Eso sí, el crack nunca admite que lleva tres partidos seguidos a la baja, ni que su temporada no fue como debía ni pide al club que le recorte el parné.
Para defenderse de la tiranía de los jugadores, los clubes inventaron las cláusulas de rescisión, frente a las que los jugadores han ideado por su parte el decir que se sienten desmotivados, la posibilidad de simular lesiones y evitar los entrenamientos. El silogismo es definitivo: el «esclavo» entrena cada día menos, empieza a caerse de las alineaciones y sólo aparece puntual por el club el día de paga. «No se me valora, no me siento motivado», dice, sabedor de que con semejantes «argumentos» el club, qué remedio, acabará cediendo.
El desaguisado de Blatter, que viene a defender que los contratos están para que los cumplan? los clubes, exige una rectificación rotunda e inmediata del propio presidente de la FIFA y de ésta como organismo. Mientras llega, si lo hace, juguemos con los números. Cristiano Ronaldo tiene contrato con el Manchester United hasta el 30 de junio de 2012, lo que significa que el conjunto inglés se ha comprometido a pagarle desde hoy, estando como está lesionado, hasta el final de su contrato, algo más de 37,5 millones de euros. Y la ley le obliga a pagárselos aunque su tobillo no sane y no pueda volver a jugar.

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